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Sin derecho al duelo – The New York Instances

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Masacre en Atlanta, elecciones en Israel el regreso de Lula y más para tu fin de semana. Es viernes y tu buzón lo sabe: aquí estamos con nuestras mejores lecturas de la semana con eñes y acentos, que no encontrarás en otro lugar.

El lunes, las comunidades asiáticas de Estados Unidos celebraron que, por primera vez en 93 años de los Oscar, dos actores de ascendencia asiática —Riz Ahmed y Steven Yeun— estuvieran nominados a mejor actor. También aplaudieron la nominación de la directora de Nomadland, Chloé Zhao.

El martes, esos mismos grupos estaban de luto al conocerse que seis de las ocho personas asesinadas en una serie de tiroteos a salones de masaje en el área de Atlanta eran mujeres asiáticas.

Parece que ninguna alegría dura demasiado estos días.

Los líderes de la comunidad han estado muy preocupados por el aumento de ataques hacia sus integrantes en el último año. En parte estas expresiones violentas han estado azuzadas por el expresidente Donald Trump, quien insistió en llamar al coronavirus “el virus chino”.

Desde el inicio de la pandemia se han denunciado al menos 3800 incidentes de odio contra asiáticoestadounidenses, que van desde insultos y escupitajos en la calle hasta apuñalamientos y golpizas a ancianos. El 68 por ciento de la víctimas han sido mujeres.

Y, aunque un oficial de policía insinuó que al atacante de Atlanta no lo había motivado la raza sino el sexo, muchas mujeres de ascendencia asiática dijeron que el racismo que sufren casi siempre tiene una connotación sexual.

La realidad es que en la cultura y la política de Estados Unidos, las comunidades asiáticas sufren una discriminación que a menudo es relativizada o minimizada.

“¿Se les hiere, o se les hiere suficiente, para merecer la atención nacional?”, se preguntaba en una columna de opinión el mes pasado Anne Anlin Cheng, autora de La melancolía de la raza. Escribía que, en su prisa por superar las divisiones raciales, Estados Unidos se ha concentrado más en llevar una contabilidad de los prejuicios en lugar de detenerse a entender el odio y la violencia, que no perjudican a un solo grupo.

Después de todo, el terror causado por el odio es tan contagioso y dañino como ha demostrado ser el coronavirus, que ha golpeado a todas las comunidades.

“Vinimos con miedo, imagínese, somos hispanos y alguna gente nos odia a nosotros también”, decía el miércoles Martha Enciso al llegar a su trabajo en una peluquería contigua a uno de los salones de masajes atacados.

Encontrar un motivo a los crímenes de odio no debería ser una excusa para que algunos duerman y anden por la calle más tranquilos que otros.

Después de todo, apuntaba [en inglés] Anne Anlin Cheng, “el desafío de la democracia no es identificarse con alguien como uno (eso es fácil), ni en renunciar al individualismo (eso es difícil de pedir). Se trata de aprender a ver el propio interés como profunda e inevitablemente entrelazado con los intereses de los demás”.


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Una mujer perdió uno de sus últimos años de fertilidad. Un abuelo con alzhéimer que aún conserva su memoria no ha podido conocer a sus nuevos nietos. Una deportista universitaria se quedó sin su última competencia.

Considerando los más de 2,6 millones de muertos por coronavirus en todo el mundo, sus pérdidas parecen menores. Pero los expertos en salud psychological recomiendan dolerse también por las pequeñas cosas.


El viernes pasado pedimos a nuestros lectores que hicieran un stability positivo del último año. Sus respuestas nos han alegrado la semana entera, así que hemos empezado a compilarlas y las iremos compartiendo.

Aquí presentamos dos testimonios:

Vivimos desde hace más de treinta en un edificio de 32 viviendas. Nuestro trato con los vecinos ha sido, hasta ahora, prácticamente nulo. En pleno confinamiento llamaron a la puerta unos vecinos (con mascarilla y guardando las distancias) que querían saber cómo estábamos y si necesitábamos algo. Esto se repitió con otros y, finalmente, nos hemos ido interesando con unos y otros. ¿Qué pasará al volver a la normalidad? —Domingo de Fuenmayor, 82 años, Barcelona

Otra lectora, que se ha refugiado de la ansiedad en los pódcasts, libros y sequence y, después de perder su trabajo volvió a la universidad, nos contó alegremente:

Detestaba dar dos besos a los desconocidos cuando me los presentaban. Estoy feliz de ponerme a dos metros y decir: ‘Hola, encantada de conocerte’. También me gusta el management de aforo, es cómodo comprar, comer en un restaurante. Esta pandemia me ha traído muchas cosas buenas. —Elisenda Maza, 41 años, Zaragoza


Con el terremoto de 2017, la ciudad de Jojutla, México, quedó devastada. Cuando todavía había problemas para hacer llegar la ayuda, un grupo de firmas de arquitectura se propuso darle sentido al desastre.

El resultado ha ido más allá de llevarse los escombros y levantar otra vez los muros: las nuevas edificaciones han restaurado también un sentido de comunidad. “Recuperar el espacio público”, , dijo la académica mexicana Elena Tudela, “es una de las mejores y más comprobadas formas de recuperar el poder”.


 

 

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